Yupi, el álter ego de Marek

Los últimos rayos de sol iluminan la bandera de la Plaza de la Constitución mientras los más antiguos reposan a la sombra, en los bancos de la Calle Larios. Es ahí donde está Yupi, el álter ego de Marek. Tras el maquillaje, un ligero tic en los ojos y las vestimentas de colores hay un polaco que está feliz en Málaga, donde vive desde hace una década. Trabaja de payaso callejero, lo que le ha llevado a tener problemas con la policía, que en ocasiones insta a los artistas urbanos a marcharse de sus lugares de trabajo.

El payaso Yupi, entregando un globo con forma de flor a una niña. Foto: Isabel Vargas

El payaso Yupi, entregando un globo a una niña. Foto: Isabel Vargas

Fue en Polonia, su país de origen, donde Marek Jakubowski aprendió a ser Yupi: “Me empecé a dedicar a esto cuando era adolescente, porque disfrazarme de payaso me gustaba mucho y me gusta hasta hoy”. Yupi, muy agradecido, le pagó los estudios a Marek. Pudo acceder a una enseñanza secundaria, privada y modesta gracias a sus primeras labores de payaso, llegando a independizarse. “Yo no quería ir a un bachiller público. Quería algo mejor y el payaso me ayudó en eso”, cuenta. Aquellos estudios estaban enfocados al turismo, algo que le ayudó después en su llegada a España, donde empezó trabajando como traductor. Después rodó por varios puestos: hizo de comercial en una compañía eléctrica, de camarero, de ayudante de cocina en una pizzería…

“En Calle Larios llevo cinco o seis años. A pesar de los trabajos que he tenido, de vez en cuando me disfrazaba. Ahora me disfrazo porque no tengo otra cosa que hacer. Y tampoco quiero”. Marek está contento con Yupi. Yupi, por su parte, es feliz con lo que hace: “No hay nada mejor que darle una sonrisa a un niño. Los niños me encantan, me gustan mucho. Son tan inocentes… Es un buen público para tratar”. El payaso reconoce que también lo hace por necesidad: “Vivir hay que vivir, pagar hay que pagar, nadie me va a tocar a la puerta para darme dinero”. Se quita la nariz roja, se vuelve más cercano. Entretanto Yupi es asaltado por algunos niños que quieren saludarle y ellos son complacidos con largos globos que adquieren forma animal en pocos segundos.

Marek se pagó los estudios secundarios con el dinero que ganaba haciendo de payaso en Polonia. Foto: Isabel Vargas

Marek se pagó los estudios secundarios con el dinero que ganaba haciendo de payaso en Polonia. Foto: Isabel Vargas

A esa tarea dedica siete horas cada día, repartidas entre la mañana y la tarde. No todos los días son buenos. Depende de la fecha y de los barcos que ese día estén atracados en el puerto. Él pretende volver a la ciudad donde nació (Poznan) para ver a su familia y probar a vestirse de payaso en las calles donde creció. Lo cuenta con la ilusión de aquel que quiere ser profeta en su tierra. De fondo, el sonido del taconeo de otro artista callejero.

Marek sólo encuentra una pega a su trabajo: el acceso al permiso para artistas callejeros impulsado por el Ayuntamiento de Málaga, una propuesta de la Concejalía de Cultura, Turismo y Deportes que no ha llegado a materializarse en algo concreto. Ahora la regulación depende del Servicio de Mercados y Vía Pública, un ente del Área de Promoción Empresarial. “Es un poco difícil conseguir el permiso”, afirma el payaso, que denuncia la falta de información en este campo, ya que la Policía es consciente de que no existe una ordenación real al respecto. Sin embargo, las fuerzas de seguridad no actúan siempre con permisividad, como denuncian otros artistas de la calle: “Generalmente no tenemos problemas con la policía, pero si ellos te dicen que no puedes estar en la calle hoy o mañana, no puedes estar”.

El diario Málaga Hoy publicaba hace unos meses las quejas que mantiene el colectivo ante el endurecimiento de la presión policial. “No nos estamos metiendo con nadie”, comenta. Según el propio Marek, agentes de policía han llegado a amenazarle con quitarle los globos, algo a lo que él habría contestado: “Los globos son baratos”.

El último afilador del Pasaje Chinitas

La cuchillería del Pasaje Chinitas, la última que queda abierta, abre el 28 de agosto de 1936. Hoy la regenta Manuel Ocón, nieto del fundadorEl taller es conocido por su galería de malagueños ilustres y por el carisma del dueño.

Manuel Ocón, en su taller de afilados del Pasaje Chinitas. Foto: L.R.

Manuel Ocón, en su taller de afilados del Pasaje Chinitas. Foto: L.R.

Una partida de dominó, tres litros de cerveza y un par de puros. En el interior de la pequeña cuchillería del Pasaje Chinitas se encuentran Manolo Ocón, patrón del negocio, y Antonio, su amigo. Ambos cantan ‘Volver, volver’ a coro, luciendo camaradería bizarra. Con la llegada del estribillo se hace grande el bigote de Manolo. Antonio se ríe entre dientes picados y se marcha por un rato. Pero antes, el vaciador recita el eslogan del negocio:

“Es costumbre de esta casa 

hacer esperar al cliente,

y el que viene diligente

de seguro fracasa”.

“Yo no he trabajado en mi puta vida. Llevo 38 años aquí y para mí esto es un entretenimiento. A mí me pagan por entretenerme”, dice el cuchillero. Es de la tercera generación de una dinastía de afiladores, ubicada siempre en ese diminuto local en que el tiempo parece haberse detenido. Mismas herramientas, mismas puertas y seguramente mismo polvo. Manuel Ocón, con su nombre de afamado cantaor, está orgulloso del inmovilismo que rezuma su negocio. Fuma otra larga calada del puro, traga cerveza, y se proclama “encantado de haber nacido”. No es una afirmación más. Su tarjeta de visita lo dice así.

Manolo heredó de su padre una colección de 5.700 libros. Foto: L.R.

Manolo heredó de su padre, el anterior dueño, una colección de 5.700 libros. Foto: L.R.

Hay 150 rostros de malagueños ilustres repartidos por una de las paredes. Esa es la gran joya de la cuchillería: una colección de caras importantes que aglutina un total de 300 personajes, todos ellos fotografíados por Bienvenido-Arenas. El último, el actor Antonio Banderas. También cuentan más de 5.000 fichas sobre científicos y de efemérides malagueñas o el archivo de ex alcaldes de Málaga en el que Francisco de la Torre no ha entrado aún por seguir en el cargo. Cada documento debidamente acreditado con tu Hispano Olivetti Línea 88. Además, tiene en su poder 5.700 libros, la segunda colección privada más voluminosa de la provincia.

Manolo recuerda a su padre con cariño e insistencia. De él heredó esos libros y las maneras. Manolo es un cronista de Manolo, como también lo es del Pasaje Chinitas. Y matiza, refiriéndose a un camarero que se dirige a él con sorna desde la taberna contigua: “Este es el Pasaje Chinitas. Mi padre contaba de que [sic] en los años 40 y en los 50 existía el chulo de putas y existía la puta. Hoy nada más hay chalados, como estos. Son tan mediocres culturalmente que no se puede dialogar con ellos. Son putos taberneros, y como taberneros se tienen que comportar. Si hubiese inteligencia respetarían la conversación que estamos teniendo”. Aunque dice llevarse perfectamente bien con los trabajadores vecinos, Manolo saca pecho. “¿Tú quieres ver cómo me río de este mismo hombre que acaba de hablar? Lo ofendo y me da la mano”, dice. Comienza un ritual de fuerzas que se repite a diario y a gritos:

- ¿Cómo es eso que dices de que [sic] me voy…?

- ¿Tú cuándo te vas, Manolo?

- Me voy cuando me sale de los cojones. Y tú,

cuando lo dice tu amo.

Reflexiona sobre lo ocurrido para afirmar que en otro tiempo el tabernero le habría clavado una navaja en ese mismo Pasaje Chinitas por dirigirse al camarero de esa manera.

Manolo dice acostarse feliz cada noche. Se declara un enamorado de la vida y de su oficio: “Yo creo que mi felicidad está en la sencillez de mi trabajo. ¡Soy afilador! Nada más”. No tiene herederos varones que tomen el relevo de la cuchillería, algo que tampoco le preocupa; más bien al contrario: Manolo se despreocupará de los nueve impuestos que debe pagar. Pero se contradice y se confiesa “quemado” tras 38 años detrás de las chispas que sueltan los cuchillos al ser afilados. Entonces quizás empieza a orinar en el único cubo de basura que tiene en ese minúsculo taller, donde tira los litros de cerveza vacíos. Quizás orina con ambas manos en la cintura, y en una de ellas el “cigarropuro” de turno.

“Sé que cuando me muera saldré en los periódicos. Sólo tengo una pena: que no me veré”, se lamenta Manolo, que ya tiene en la cabeza el titular que acompañará la noticia de su marcha: ‘Muere el último afilador del Pasaje Chinitas’.