Teodoro, la oveja negra

La muerte de Marat

La verdad no siempre gusta, sobre todo cuando pones de manifiesto los defectos de alguien. Teodoro León Gross nos decía en clase a comienzos de año, que el momento en el que un periodista deja de ‘ser virgen’ es cuando tiene que hablar mal de un allegado. Y esta semana hemos visto un ejemplo de ello, casualmente emitido por la misma persona que nos lo enseñó. En el artículo de opinión que el miércoles publicó en SUR el profesor, “El fin justifica a los medios”, veíamos cómo ‘el ovino’ criticaba al rebaño.

¿Está degenerando el periodismo? ¿Existe una metástasis que lo va consumiendo cada día un poco más? La respuesta es obvia, aunque muchos no quieren verla. Como si de Franco durante el Régimen se tratara, parece que existen temas intocables a día de hoy. La cancerígena jerga política está afectando a los medios, ya no por su cinismo, sino por las formas con las que se tergiversan los contenidos. Mientras que un periódico presenta en portada al presidente del gobierno negando el saludo a Marta Rovira, otro cuenta lo contrario, mostrando el saludo posterior. ¿Pero qué llega a los lectores? Todo dependerá del medio que elijamos.

Señores, esto está mal, muy mal. El periodismo es informar, no DESinformar. Orson Welles escenificaba en su estupenda Ciudadano Kane la vileza del hombre que se esconde tras los medios con su respuesta al corresponsal del Inquirer en Cuba: “Usted proporcione poemas, que yo proporcionaré guerras” (en alusión a William R. Hearst).

Está claro que cada medio tiene su ideología y que la objetividad no existe, pero ¿otorga esto potestad para manipular la información? Un periodista es un contador de historias, no un hacedor de ellas. Hoy en día, mediante la excusa de que lo que prima es la rapidez a la hora de emitir noticias, los medios abusan de sus consumidores, verificando poco las fuentes o modificando los contenidos según su conveniencia.

Para los futuros periodistas, la mayoría de medios actuales son como una mala madre, que se vende al mejor postor. Y aquí es donde estos vuelven a tener un parentesco con la política: ambos han perdido toda verosimilitud. Los ciudadanos están hastiados con nuestro gobierno, tachando sus cambios de ser el “mismo perro con distinto collar”. La prensa pierde toda su credibilidad a pasos agigantados; la radio ve cómo sus oyentes se marchan a su rival directo, los podcast, y la televisión se convierte en un circo mediático donde los vociferios repetitivos de supuestos periodistas, son aplaudidos por masas ingentes de personas.

Los medios de comunicación están recibiendo su propia medicina, la espalda de quienes otrora les siguieron con fe ciega. El problema es el futuro. Si permitimos que esto siga así, llegaremos a una distopía, donde cientos de medios lucharán entre sí por desinformarnos. No olvidemos a Aldous Huxley, quien decía que la sobreinformación es una clase de censura.

Pero hay profesionales capaces de mostrarnos la importancia de la profesión y de autoseñalarse con el dedo cuando hacen algo mal, por mucho que incomode a los suyos. Ejemplos como el de Teodoro León Gross, Arcadi Espada o Gervasio Sánchez entre otros, ponen de manifiesto que existen muchos periodistas que no están de acuerdo con su entorno. Una muestra de que todavía existe algo de luz dentro de este oscuro túnel en el que nos hemos adentrado.