24 horas en silla de ruedas

24 horas en silla de ruedas

24 horas en silla de ruedas. / María Florido

Que sepa usted que si se queda en silla de ruedas, va a pasar un infierno.

Para alguien en silla de ruedas el primer obstáculo comienza cada mañana al salir de casa, ya sea ante unas escaleras o incluso el ascensor. La puerta metálica de este se presenta ante mí como una muralla de acero. Tiro de ella con una mano, mientras que con la otra giro la rueda de la silla, por lo que acabo dando la vuelta sobre mí mismo. Entro de espaldas al ascensor, para que me resulte más sencillo salir de él. Al cerrarse las puertas metálicas, estas chocan contra mis pies, por lo que no se cierran. Durante un rato peleo para mover la silla hacia distintas posiciones, pero no es fácil salvar las puertas. Agarro cada una de mis piernas y las bajo de su apoyo. Pongo los pies sobre el suelo, para poder desenganchar las piezas delanteras de la silla. Logro así que las puertas se cierren.

Llego a la planta baja. Las puertas correderas se abren. Vuelvo a enganchar las piezas y me doy cuenta de que el ascensor se ha quedado unos diez centímetros por debajo del piso. Empujo la puerta con mis manos e intento salir, pero no lo consigo. Las ruedas delanteras chocan y es imposible moverse hacia fuera. Tras varios intentos consigo elevarlas, pero ahora son las dos ruedas traseras las que no logro alzar. Tras unos dos minutos de agonía e intentos fallidos, consigo mediante un fuerte impulso pasar este bache.

Salgo de mi portal y subo por la acera donde Isabel, una compañera de clase, me espera. Subir una cuesta en silla de ruedas se convierte en toda una proeza digna del mejor de los deportistas. Cuando llego arriba veo que la acera no tiene rampa, sino un acantilado de 20 centímetros de altura. Una medida que muchos solo valoran para según qué cosas.

Coger el autobús

Decido tomar un autobús. Cuando este llega, hago uso de una rampa que la EMT (Empresa Malagueña de Transportes) ha dispuesto en cada vehículo. Una vez dentro, pago al chófer y me sitúo en la zona reservada para minusválidos, asegurando mi posición con el freno y con un cinturón.

El exceso de gente es en mi mayor problema, resultando muchas veces difícil ir a la zona reservada, pese a que esté junto a la puerta. Aunque no lo parezca, las personas de cierta edad tienden a ser menos respetuosas con los minusválidos: no dejarte pasar o haber dejado el carro de la compra en la zona señalada, son una constante en mis viajes.

En ocasiones, te topas con personas que te dificultan aún más la vida. Puede ser incluso con empleados públicos, como cierto conductor de la EMT, tal vez la oveja negra de su gremio. Tras pararse en La Alameda y no bajar la rampa porque está rota, sin avisarme de ello, tampoco me da una respuesta sobre qué hacer. Dos chicos jóvenes se bajan a ayudarme y al final, de malas formas, también él baja y les aparta, cogiéndome de la silla y empujándome hacia el escalón del bus, casi tirándome ante los ojos atónitos de los pasajeros.

24 horas en silla de ruedas

24 horas en silla de ruedas. / Isabel Ruiz

Estudiar en la universidad

El ‘zulo’, que es como los estudiantes denominan al aulario Severo Ochoa situado en la Universidad de Málaga, carece de aseos habilitados. Rezo por no tener que ir al servicio en alguna de las dos o tres horas de clase.

Por otra parte, ninguna de las aulas está preparada para alguien en silla de ruedas. Todas las mesas están unidas a los asientos y la distancia entre estos y el pupitre es ínfima, por lo que me es imposible utilizar un escritorio. Tomar notas se convierte en un trabajo arduo, en una postura cada vez más incómoda con el paso de las horas.

Pasear por Málaga

Como es lógico, el centro de Málaga está más acondicionado. Aún así, existen numerosos obstáculos. El peatón no puede hacerse una idea de lo frustrante que es encontrarse con motos y coches aparcados en las rampas de las aceras, haciendo no solo que retroceda todo lo transitado, sino que en ocasiones no pueda llegar a mi destino.

Me desplazo al Ayuntamiento. Su acceso está acondicionado, pero una vez dentro, me es complicado abrir la gran puerta de la secretaría, cuya mesa además tiene una altura considerable, lo que dificulta rellenar cualquier documento.

24 horas en silla de ruedasContinúo mi camino hasta toparme con el McDonald’s del Alameda. Su gran escalón y sus escaleras en ambas entradas lo erigen como una fortaleza impenetrable.

El Banco Barclays y el Santander, ambos en la calle Larios, son otra muestra de falta de consideración hacia los discapacitados. Puedo olvidarme de entrar a ellos debido a sus peldaños.

Fosco, Casa Mira, Farmacia Mata, Mango, Desigual o Bershka entre otros, son un ejemplo de comercios céntricos a los que es imposible acceder sin ayuda.

En la gran mayoría de bares o cafeterías de esta zona solo puedo almorzar en la terraza, ya que carecen de accesos habilitados para entrar al local. Esto no es un problema en verano, pero ¿en invierno? Almuerzo en la terraza del restaurante Vaca Loca, pero no puedo entrar a lavarme las manos porque cuatro peldaños de mármol se interponen entre el lavabo y yo. Pregunto al camarero por algún tipo de toallita húmeda para limpiarme, pero no tiene. Pese a que llevo guantes cortos, el polvo y la suciedad son una constante por el movimiento de las ruedas.

Por otro lado, tirar la basura se convierte en una tarea digna de Pau Gasol o de algún malabarista.

Cruzar un paso de peatones se vuelve extremadamente peligroso, sobre todo si hay coches aparcados a los lados. No soy capaz de ver por encima de estos, por lo que no sé si se acerca algún vehículo hasta que ya me he aventurado a la carretera.

Ir de compras

24 horas en silla de ruedas

Pese a que varias tiendas del centro sí que están preparadas (rampa de acceso, ascensor y baño), se hace agobiante no ver hacia dónde vas. Frente a mis ojos solo hay muros y muros de prendas, los cuales solvento en busca de caminos que me lleven hacia algún destino. No sé los obstáculos que me voy a encontrar por la ruta elegida, ni si esta me lleva a un camino sin salida.

Tampoco puedo acceder a ninguna prenda que esté colgada por encima de un metro y medio. Imagínese esta situación un sábado o en periodo de rebajas.

Lugares de fácil acceso

No todos los negocios tienen un acceso difícil. Acudo a mi cita en el dentista. Sus espacios amplios y camillas bajas sin ‘brazo’ en su lateral para poder subir, son un aliento.

Voy a cenar al Plaza Mayor, por lo que me llevan en coche. Tras el arduo proceso que supone montarme en él, llego al centro comercial, repitiendo el proceso a la inversa.

Prácticamente la totalidad de los locales están preparados. Entro a cenar al Burguer King. La cola está delimitada por pivotes de acero, aunque dejan espacio suficiente para pasar. Llego al mostrador, observando desde la altura de un niño, pero con los ojos de un adulto.

Barreras insalvables 

24 horas en silla de ruedas

El reto más difícil es ir al baño. Nada más abrir sus puertas, me encuentro con el desafiante inodoro de frente y junto a este, dos barras de acero que permiten sujetarme: una anclada a la pared y la otra móvil.

El aprendizaje de este proceso es complicado: tras entrar con la silla y ponerme sobre las barras para tratar de erguirme, no sé cómo girar sobre mí mismo sin caerme. Vuelvo a sentarme en la silla tras no saber qué hacer. Miro a mi alrededor y decido volver a intentarlo. Una vez en el aire, sostenido solamente por la fuerza de mis brazos, intento girar, pero me caigo sobre la taza, golpeándome contra esta. Ahora toca desabrocharse el pantalón, algo bastante difícil cuando estás totalmente sentado. Lo consigo a duras penas. Después, hago el proceso opuesto para poder sentarme en la silla.

Lo que otros hacen en un minuto, me lleva más de quince, además de las dificultades y los golpes comentados.

No puedo sacar a mis perros, no solo porque son grandes, sino porque no se me ocurre la manera de poder recoger sus excrementos.

Por otro lado, noto cómo mi cuerpo, sobre todo muslos y glúteos, se resienten al estar numerosas horas sobre una silla. Si multiplicamos el tiempo por 365 días y estos a su vez por años, es comprensible que alguien que viva aferrado a una silla sufra úlceras en dichas partes del cuerpo.

****************

Por suerte, no soy uno de los cientos de malagueños que cada día tienen que enfrentarse a Málaga en una silla de ruedas, sino que soy un estudiante de periodismo que ha decidido ponerse en la piel de estas personas. Aun así, jugaba con una gran ventaja: saber que en cualquier momento podía levantarme de mi ‘prisión’. Además, quería probar a Málaga: ¿está preparada? La respuesta se la puede figurar usted tras la lectura de este artículo.

Quienes están en silla de ruedas son un claro ejemplo de superación diaria. Todo lo que para nosotros es algo común del día a día, que no nos supone una mínima dificultad, puede ser un tormento para ellos.

A diario superan obstáculos inimaginables, la ciudad está lejos de dejar de ser un territorio hostil. Solo queda, eso sí, un estímulo esperanzador:

Al contrario de lo que se piensa, la gente joven se ha volcado en ayudarme. Un buen motivo para confiar en que el futuro será mejor.